La historia de Veneno es curiosa y retorcida. Por un lado tenemos a un cantautor de raíces hippies, gran admirador de Dylan, Zappa y The Incredible String Band, que descubre el flamenco de la mano de un yanki en Los Ángeles. Eso de que alguien nacido en Figueres pero criado en Cádiz y Sevilla tenga que irse a Estados Unidos para descubrir el flamenco podría resultar extraño, pero estamos hablando de José Miguel San Feliu o lo que es lo mismo Kiko Veneno. Es fácil pensar que lo que sin duda descubrió Kiko es que el espíritu de rock y flamenco no estaban tan alejados como parece a primera vista.
Como no podría ser de otra forma, a su regreso a Sevilla él mismo fue el demiurgo del proceso inverso, al conseguir que los hermanos Raimundo y Rafael Amador, que habían mamado el flamenco desde su nacimiento (por tradición, herencia y derecho propio) se obsesionasen con el sonido que traía Kiko bajo el brazo en forma de discos de rock y blues que los Amador exprimieron hasta la última gota. Juntos, acompañados de un grupo de excelentes músicos, se emprendieron en la aventura de Veneno, sobre todo gracias al empeño del propio Kiko y el productor Ricardo Pachón.

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